En la capital europea impera un sistema de recolección de residuos puerta a puerta clasificado por bolsas de colores

Al caer la tarde, cuando las oficinas de la Unión Europea empiezan a vaciarse, brotan en las calles de Bruselas, decenas, cientos de bolsas de basura de colores. Algunas permanecen alineadas con disciplina geométrica frente a las fachadas de las casas. Otras, medio abiertas, dejan escapar una porción de pizza, un pañal sucio, un montón de cartones o las mondaduras de patata que alguien acaba de despachar. En algunos barrios, los cuervos o los ratones llegan antes que los camiones de la basura que pescan las bolsas azules, amarillas, blancas o naranjas en las calles de Bruselas, una ciudad sin contenedores al uso.
La escena resulta desconcertante para alguien recién llegado. La basura no hace distinción. Los montones de bolsas pueden descansar frente a la luminosa tienda de Dior, en la arteria comercial más rica de la pujante capital europea, o frente a una Maison de Maître (las típicas casas belgas, alargadas y estrechas) del barrio artístico de Saint Gilles. A ojos inexpertos parece un problema básico de gestión urbana: qué hacer con la basura en una ciudad que genera un kilo de desperdicios al día por habitante, según estimaciones oficiales.
“Cuando llegué a la ciudad pensé que había huelga… para mí era incomprensible ver varios días a la semana la basura en bolsas por la calle”, dice Sofia Pagni, una abogada italiana que lleva seis años viviendo en Bruselas. “Ahora me planteo si estamos en una ciudad realmente sucia o simplemente es igual que otras, solo que aquí la basura se ve y en otros sitios, como Roma o París, se oculta y ordena…”, lanza en una estrecha acera invadida por bolsas de residuos apiladas en pequeños montones que empiezan a calarse con la fina lluvia belga.

El paisaje plástico no es una señal de colapso administrativo. Es, simplemente, el sistema de gestión de basuras de Bruselas, donde, a diferencia de otras ciudades europeas, apenas se utilizan contenedores (ni públicos ni privados, de los propios vecinos) y donde funciona principalmente un modelo de recogida puerta a puerta de la basura clasificada por bolsas de colores.
Es de las primeras cosas que hay que aprender, porque el calendario de recogida va por calles. Por ejemplo: los miércoles a última hora de la tarde se sacan la reglamentaria bolsa amarilla (la del papel y el cartón) y la blanca, donde se depositan los residuos no reciclables (desde pañales o papeles sucios a cáscaras de huevo); los jueves por la mañana, la bolsa naranja, con los restos orgánicos; los domingos, la bolsa azul, con los envases y los plásticos.
Adel Lassouli, portavoz de Bruxelles Propreté, la agencia pública encargada de la recogida de residuos en la capital belga, explica que detrás del sistema hay razones históricas y urbanísticas. Se empezó cuando no se clasificaba la basura y todo se metía en una bolsa que se dejaba sobre la acera. “Bruselas es una ciudad densamente poblada [1,2 millones de habitantes] y urbanizada. Con los contenedores públicos, hay que pensar en el espacio, en dónde colocarlos… Y no estamos hablando de una ciudad nueva, sino de una con un tejido urbano muy antiguo. Así que era natural optar por pasar a recoger las bolsas puerta a puerta”, dice.
Lassouli señala, además, que el sistema actual promueve la separación de los residuos que luego ayudará al reciclaje. En Bruselas, cerca del 40% de los residuos domésticos se reciclan. Y se quiere llegar al 60%. El portavoz de la agencia de recogida afirma también que el problema real es la gente que saca las bolsas fuera del horario establecido, no las cierra bien o deja muebles o enseres abandonados en las aceras. Hay multas y la obligación de hacer un curso de civismo y separación de basuras para quien infringe, pero solo hay 20 inspectores para toda la ciudad. Dos decenas para hacer controles aleatorios a los 580.000 hogares.
El sistema de recocida de basuras es también resultado de la falta de homogeneidad de la ciudad, dividida en 19 municipios, con competencias fragmentadas y diferencias económicas mayúsculas entre los barrios.

El Gobierno estudia ahora implantar un sistema de contenedores en la ciudad, para lo que se ha desbloqueado un presupuesto de unos 12 millones de euros para los próximos tres años. La cuestión, señalan los responsables, es encontrar espacio para ellos. “Si están en la superficie, eso quizá suponga menos plazas de aparcamiento. Y si son subterráneos, una idea que cobra fuerza, hay que tener en cuenta la orografía de la ciudad, con sus tuberías de gas o agua que pasan por el subsuelo”, dice Lassouli.
El de la basura es un debate recurrente. Quienes defienden el modelo actual, temen que los contenedores traigan vertidos ilegales y degraden aún más el espacio púbico. Sus críticos señalan la imagen de degradación de Bruselas, la capital europea que muchas veces parece la cuidad de la basura.